Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Así pues, yo he recopilado y desarrollado unas cuarenta estratagemas de esa clase. Pero ahora me repugna esclarecer todos esos refugios de la limitación y la incapacidad hermanadas con la obstinación, la vanidad y la falta de honradez; por eso me doy por satisfecho con estas pruebas y llamo la atención con seriedad tanto mayor sobre las razones antes señaladas para evitar la disputa con gente como es la mayoría. A lo sumo se podrá intentar apoyar la inteligencia de otro a través de argumentos: pero tan pronto como se perciba obstinación en las réplicas, se debe terminar en el acto. Pues entonces uno se volverá también falto de honradez, y un sofisma es en lo teórico lo que un enredo en lo práctico: mas las estratagemas de las que aquí hemos tratado son mucho más indignas que los sofismas. Pues en ellas la voluntad se pone la máscara del entendimiento para desempeñar su papel, lo cual resulta siempre horrible; y pocas cosas suscitan tanta indignación como cuando se nota que un hombre malinterpreta intencionadamente. El que no admite buenas razones de su oponente demuestra un intelecto directamente débil, o bien tiranizado por el dominio de la propia voluntad, es decir, indirectamente débil: de ahí que solo debamos seguir a alguien así cuando acaso el cargo y la obligación lo requieran. — Pero con todo eso, y a fin de hacer justicia a los mencionados subterfugios, he de admitir que también nos podemos precipitar al renunciar a nuestra opinión por un acertado argumento del contrario. En efecto, sentimos la fuerza de un argumento así: pero no se nos ocurren con la misma rapidez las razones en contra o lo que de algún otro modo pudiera mantener en pie y salvar nuestra afirmación. Si en tal caso damos inmediatamente por perdida nuestra tesis, puede ser que con ello traicionemos la verdad, al descubrir después que teníamos razón pero, debido a la debilidad y falta de confianza en nuestra causa, hemos cedido ante la primera impresión. — Incluso puede que la prueba que habíamos planteado en favor de nuestra tesis hubiera sido realmente falsa, pero que existiera otra correcta para ella. Debido a ese sentimiento ocurre que ni siquiera la gente sincera y amante de la verdad cede fácilmente ante un buen argumento, sino que más bien ensaya una breve resistencia e incluso la mayoría de las veces se obstina durante un tiempo en su tesis cuando la argumentación contraria les ha puesto en duda su verdad. Se asemejan al general que, con la esperanza del levantamiento del sitio, intenta mantener durante un tiempo una posición que sabe que no puede sostener. En efecto, esperan que mientras se defienden con malas razones se les ocurrirán las buenas, o bien se les hará clara la simple apariencia de los argumentos del contrario. De este modo, pues, uno se verá


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