Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Pero nuestros actuales racionalistas, siguiendo las huellas de Pelagio, intentan con todas sus fuerzas suprimir y excluir de la exégesis aquel carácter fundamental del cristianismo que Agustín, Lutero y Melanchthon han comprendido con todo acierto y sistematizado en lo posible; con ello buscan reducir el cristianismo a un judaismo frío, egoísta y optimista, al que añaden una moral mejor y una vida futura, tal como lo exige el optimismo consecuentemente desarrollado, a fin de que la gloria no encuentre un final tan rápido y quede despachada la muerte, la cual clama demasiado fuerte contra la visión optimista y al final se aparece como el convidado de piedra al alegre Don Juan. — Esos racionalistas son gente honrada pero triviales colegas, que no tienen idea alguna del profundo sentido del mito neotestamentario ni pueden ir más allá del optimismo judío, que les resulta comprensible y les gusta. Quieren la verdad desnuda y seca tanto en la historia como en la dogmática. Son comparables al euhemerismo[416] de la Antigüedad. Desde luego, lo que aportan los supranaturalistas es en el fondo una mitología: pero esta es el vehículo de verdades importantes y profundas que no sería posible acercar a la comprensión de la gran masa por otro camino. En cambio, lo lejos que esos racionalistas están de todo conocimiento y hasta de toda noción del sentido y el espíritu del cristianismo lo muestra, por ejemplo, su gran apóstol Wegscheider en su ingenua Dogmática[417], donde (§ 115 y notas) no tiene escrúpulo en oponer a las profundas sentencias de Agustín y los reformadores acerca del pecado original y la esencial perversión del hombre natural la trivial verborrea de Cicerón en el libro De officiis; porque esta le gusta más. Realmente hay que asombrarse de la naturalidad con la que este hombre muestra su insulsez, trivialidad y total falta de sentido para el espíritu del cristianismo. Pero él no es más que unus e multis[418]. Bretschneider ha dejado el pecado original fuera de la exégesis de la Biblia, cuando el pecado original y la redención constituyen la esencia del cristianismo. — Por otra parte, no se puede negar que los supranaturalistas son en ocasiones algo mucho peor, a saber: curas en el peor sentido de la palabra. Puede que entonces el cristianismo se vea pasando entre Escila y Caribdis[419]. El error común de ambas facciones es que buscan en la religión la verdad sin velos, seca y literal. Pero esta solamente se pretende en la filosofía: la religión no tiene más que una verdad adecuada al pueblo: una verdad indirecta, simbólica, alegórica. El cristianismo es una alegoría que reproduce un pensamiento verdadero; pero lo verdadero no es la alegoría en sí misma. Suponer esto es el error en el que coinciden los supranaturalistas y los racionalistas. Aquellos pretenden afirmar la alegoría como verdadera en sí; estos, darle una nueva interpretación y modelarla hasta que pueda ser verdadera en sí de acuerdo con su escala. Luego, cada facción disputa con la otra con razones acertadas y sólidas. Los racionalistas dicen a los supranaturalistas: «Vuestra doctrina no es verdadera». Estos, en cambio, dicen a aquellos: «Vuestra doctrina no es un cristianismo». Ambos tienen razón. Los racionalistas creen tomar como medida la razón: pero de hecho solamente toman la razón sumida en los supuestos del teísmo y el optimismo, algo así como la Profession de foi du vicaire savoyard rousseauniana, ese prototipo de todo racionalismo. Por eso pretenden que no se mantenga en pie nada del dogma cristiano más que lo que consideran verdadero sensu proprio, a saber: el teísmo y el alma inmortal. Mas cuando con la osadía de la ignorancia apelan a la razón pura, hay que servirse de la crítica de esta para obligarles a entender que esos dogmas suyos, seleccionados para que se conserven por ser conformes a la razón, se basan en una simple aplicación trascendente de principios inmanentes y, en consecuencia, constituyen un mero dogmatismo filosófico acrítico y por lo tanto insostenible, como es aquel que la Crítica de la razón pura combate por todos lados demostrando que es totalmente vano; justo por eso, ya su nombre anuncia su antagonismo con el racionalismo. En consecuencia, mientras que el supranaturalismo tiene una verdad alegórica, al racionalismo no se le puede atribuir ninguna. Los racionalistas están directamente equivocados. El que quiera ser un racionalista ha de ser un filósofo y, en cuanto tal, emanciparse de toda autoridad, seguir adelante y no vacilar ante nada. Pero si se quiere ser un teólogo, séase consecuente y no se abandone el fundamento de la autoridad, tampoco cuando esta pide que se crea lo inconcebible. No se puede servir a dos señores: así que o la razón, o las Escrituras. Aquí se llama juste milieu[420] a sentarse entre dos sillas. ¡O creer o filosofar! Lo que se elija, que sea del todo. Pero creer hasta un cierto punto y no más allá, e igualmente filosofar hasta un cierto punto y no más allá, — esa es la deficiencia que constituye el carácter fundamental del racionalismo. En cambio, los racionalistas están moralmente justificados en la medida en que proceden honradamente y solo se engañan a sí mismos; mientras que los supranaturalistas, con su reivindicación de la verdad sensu proprio para una simple alegoría, la mayor parte de las veces intentan engañar a propósito a los demás. Sin embargo, con su afán se salva la verdad contenida en la alegoría, mientras que los racionalistas, en su nórdica frialdad y banalidad, tiran esta por la ventana y con ella toda la esencia del cristianismo; e incluso paso a paso llegan finalmente al punto al que hace ochenta años había llegado Voltaire volando. A menudo es divertido ver como a la hora de establecer las cualidades de Dios (su quidditas) no les basta con la simple palabra y distintivo «Dios» y buscan cuidadosamente acertar en el juste milieu entre un hombre y una fuerza natural; lo cual, por supuesto, se mantiene con dificultad. Entretanto, en aquella lucha entre racionalistas y supranaturalistas ambas facciones se exterminan una a otra igual que los hombres armados salidos de la siembra de dientes de dragón que hizo Cadmo[421]. El remate de todo eso es un cierto tartufianismo ahora vigente en relación con el tema. En efecto, así como en el carnaval de las ciudades italianas se ve andar entre la gente máscaras estrafalarias dedicándose sobria y seriamente a sus ocupaciones, hoy en día en Alemania vemos que entre los filósofos, los investigadores de la naturaleza, los historiadores, los críticos y los racionalistas rondan los Tartufos en el ropaje de una época que data de siglos atrás, y el efecto es burlesco, en especial cuando lanzan arengas.