Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Están inmersos en un gran error quienes se figuran que las ciencias pueden avanzar y difundirse cada vez más sin que ello suponga un impedimento para que la religión se siga manteniendo y estando en boga. La física y la metafísica son las enemigas naturales de la religión y, por lo tanto, esta es la enemiga de aquellas, que siempre se esfuerza en reprimirlas como ellas en socavarla. Hablar de paz y armonía entre ellas es sumamente ridículo: se trata de un bellum ad internecionem[422]. Las religiones son hijas de la ignorancia y no pueden sobrevivir mucho tiempo a su madre. Omar, Omar lo entendió cuando quemó la biblioteca de Alejandría: su razón —que o bien el contenido de los libros estaba ya incluido en el Corán, o bien era superfluo— es tomada por necia, pero es muy inteligente si se la entiende cum grano salis[423]; así entendida, quiere decir que las ciencias, cuando van más allá del Corán, son enemigas de la religión y, por lo tanto, no se deben tolerar. Mejor le iría al cristianismo si los monarcas cristianos hubieran sido tan prudentes como Omar. Pero ahora es un poco tarde para quemar todos los libros, eliminar las Academias, hacer que en las universidades penetre hasta los tuétanos el pro ratione voluntas[424] — todo ello para reconducir a la humanidad a donde estaba en la Edad Media. Y con un puñado de oscurantistas nada se puede conseguir: hoy en día se les ve como gente que quiere apagar la luz para robar. Así pues, es evidente que poco a poco los pueblos van proyectando sacudirse el yugo de la fe: los síntomas de ello se encuentran en todas partes, aunque modificados en cada país. La causa es el excesivo saber que ha llegado a todos ellos. Los conocimientos de todas clases, que se incrementan a diario y se difunden cada vez más en todas direcciones, amplían el horizonte de cada cual según su esfera, hasta tal punto que dicho horizonte ha de adquirir una magnitud frente a la cual los mitos que conforman el esqueleto del cristianismo se encogen de modo que la fe no puede agarrarse a ellos. A la humanidad se le queda pequeña la religión igual que un traje de niño; y como no deja de crecer, la revienta. La fe y el saber no se llevan bien en una misma mente: son como el lobo y el cordero en una misma jaula; y, por cierto, el saber es el lobo que amenaza devorar al vecino. — Vemos que en su trance de muerte la religión se aferra a la moral queriéndose hacer pasar por su madre: — ¡Pero de ninguna manera! La moral auténtica y la moralidad no dependen de ninguna religión, si bien todas las sancionan y les garantizan así un apoyo. — Expulsado de la clase media, el cristianismo se refugia en las más bajas, donde se presenta como un conciliábulo, y en las superiores, donde es una cuestión política; pero deberíamos tener presente que también en esto encuentran aplicación las palabras de Goethe:


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