Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Así pues, como se dijo, por muchas vías, pero sobre todo por la inevitable vía filosófica, la especulación subsiguiente al conocimiento objetivo comenzará antes o después a concebir sospechas; en concreto, a comprender que toda la sabiduría que ha obtenido en dirección al lado objetivo la ha admitido a crédito del intelecto humano, que sin embargo tiene sus propias formas, funciones o formas de presentación, así que ha de estar condicionada por ellas; de donde se sigue la necesidad de cambiar aquí también el punto de vista y trocar el proceder objetivo por el subjetivo; es decir, el entendimiento, que hasta ahora, con plena confianza en sí, había edificado sin miedo su dogmatismo y con toda osadía había sentenciado a priori acerca del mundo y todas las cosas en él, incluso acerca de su posibilidad, ha de convertirse ahora él mismo en objeto de investigación y someter a prueba sus poderes. Eso conduce ante todo a Locke; luego nos lleva a la Crítica de la razón pura y, finalmente, a comprender que la luz de la naturaleza está orientada exclusivamente hacia fuera y, cuando quiere inclinarse e iluminar su propio interior, no es capaz de hacerlo; es decir, no puede disipar inmediatamente la oscuridad que ahí impera, sino que únicamente puede alcanzar una noticia indirecta de su propio mecanismo y su propia naturaleza por el rodeo de la reflexión que recorrieron aquellos filósofos, y con gran dificultad. Mas con ello al intelecto le resulta claro que él está originalmente destinado a la captación de meras relaciones, la cual es suficiente para el servicio de una voluntad individual; y precisamente por eso está esencialmente orientado hacia fuera y aun así es una simple fuerza superficial análoga a la electricidad, es decir, no abarca más que la superficie de las cosas sin penetrar en su interior; por eso no es capaz de comprender o penetrar plenamente y a fondo en uno solo de todos aquellos seres objetivamente claros y reales, ni siquiera el más insignificante y simple; antes bien, en todos y cada uno lo principal sigue siendo un secreto para él. Pero de ese modo es entonces conducido al conocimiento más profundo que se designa con el nombre de idealismo: que aquel mundo objetivo y su orden, tal y como él lo capta en sus operaciones, no existe de forma incondicionada y por sí mismo sino que nace por medio de las funciones del cerebro; por eso existe únicamente en este y, en consecuencia, en esa forma no tiene más que una existencia condicionada y relativa, es decir, es un mero fenómeno [Phänomen], simple manifestación [Erscheinung]. Si hasta entonces el hombre había investigado las razones de su propia existencia bajo el supuesto de que las leyes del conocimiento, del pensamiento y de la experiencia son puramente objetivas, existen de forma absoluta en y por sí mismas, y solo en virtud de ellas existe él y todo lo demás, ahora sabe que, a la inversa, su intelecto, y por lo tanto también su existencia, es la condición de todas aquellas leyes y lo que de ellas se sigue. Entonces comprende por fin que la idealidad del espacio, el tiempo y la causalidad que ahora le resulta clara deja lugar para otro orden de cosas distinto del de la naturaleza, y se ve obligado a considerar este último como el resultado o el jeroglífico de aquel otro.