Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Así pues, en sentido estricto podríamos llamar a la ópera una invención amusical en favor de espíritus amusicales, en los que la música tiene que introducirse de contrabando a través de un medio ajeno a ella, más o menos como acompañamiento de una insulsa historia de amor ampliamente pormenorizada y de su poesía aguada: pues el texto operístico no soporta una poesía densa, repleta de espíritu y pensamiento, porque la composición no podría corresponder a ella. Pero pretender convertir la música en criada de la mala poesía es un camino errado por el que ha andado sobre todo Gluck, cuya música de ópera, prescindiendo de las oberturas, no se puede disfrutar en absoluto sin las palabras. De hecho, se puede decir que la ópera se ha convertido en la ruina de la música. Pues no es solo que esta se tenga que doblegar y plegar para adaptarse al desarrollo y los desordenados acontecimientos de una insulsa fábula; no es solo que con el pueril y bárbaro lujo de las decoraciones y los trajes, con las bufonadas de los bailarines y las cortas faldas de las bailarinas el espíritu se abstraiga y se disperse de la música: no, hasta el propio canto perturba con frecuencia la armonía, en la medida en que la vox humana, que desde el punto de vista musical es un instrumento como cualquier otro, no se coordina y se acomoda a las restantes voces sino que pretende dominarlas sin más. Ciertamente, cuando es soprano o alto eso resulta admisible, ya que por esa cualidad le corresponde la melodía en esencia y por naturaleza. Pero en las arias de bajo y de tenor la melodía dominante corresponde la mayor parte de las veces a los instrumentos agudos, con lo que entonces el canto hace el efecto de una voz inoportuna, en sí misma meramente armónica, que pretende sonar más fuerte que la melodía. O bien el acompañamiento se eleva en forma de contrapunto, en total oposición a la naturaleza de la música, con el fin de otorgar la melodía al tenor o al bajo; pero entonces el oído siempre sigue los tonos más altos, es decir, el acompañamiento. Realmente opino que las arias solistas con acompañamiento de orquesta no son adecuadas más que al alto o al soprano; y por eso las voces masculinas solamente deberían emplearse en dúo con ellas o en piezas polifónicas; a no ser que canten sin ningún acompañamiento o con un simple acompañamiento de bajo. La melodía es el privilegio natural de las voces más altas y ha de seguir siéndolo. De ahí que cuando en la ópera a una forzada y fingida aria de barítono o bajo sigue una de soprano, enseguida sintamos con satisfacción la adecuación a la naturaleza y al arte que esta tiene en exclusiva. El hecho de que grandes maestros como Mozart y Rossini supieran mitigar y hasta superar el inconveniente de las primeras no lo suprime.