Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Un placer más puramente musical que la ópera lo ofrece la misa cantada; sus palabras, en su mayor parte no percibidas, o sus aleluyas, glorias, kyries, amenes, etc., repetidos incesantemente, se convierten en un simple solfeo en el que la música, conservando únicamente el carácter religioso general, se explaya libremente y no resulta menoscabada en su propio ámbito de miserias de todas clases, como ocurre en el canto operístico; de modo que aquí desarrolla sin impedimento todas sus fuerzas, ya que no se arrastra por el suelo, al igual que hace la moral protestante, con el agobiante carácter puritano o metodista de la música religiosa del protestantismo, sino que se alza libre con grandes batidas de alas como un serafín. La misa y la sinfonía son las únicas que ofrecen un completo y límpido placer musical; mientras que en la ópera la música se consume trabajando miserablemente con las insulsas obras y su pseudo-poesía, intentando salir adelante lo mejor que pueda con esa carga ajena que se le ha impuesto. El burlón desprecio con que el gran Rossini ha tratado en ocasiones el texto es, aunque no directamente loable, sí auténticamente musical. — En general la gran ópera es en sí misma, por su carácter y esencia, de naturaleza aburrida, ya que con sus tres horas de duración embota cada vez más nuestra sensibilidad musical, al tiempo que el paso de tortuga de una acción la mayoría de las veces muy floja pone a prueba nuestra paciencia; ese defecto solo puede ser superado por la gran excelencia de la obra concreta: de ahí que en ese género solamente las obras maestras sean tolerables y toda medianía resulte reprobable. También se debería intentar concentrar y contraer más la ópera para limitarla a un acto y una hora siempre que sea posible. El profundo sentimiento de ese asunto ha llevado a que en Roma, en mi época, el Teatro della Valle haya caído en la mala salida de representar alternativamente los actos de una ópera y una comedia. La duración máxima de una ópera debería ser de dos horas; la de un drama, en cambio, tres horas; porque la atención y la tensión de espíritu que se requiere para este se mantiene durante más tiempo, al fatigarnos mucho menos que la música incesante, que al final se convierte en un tormento para los nervios; de ahí que ahora el último acto de una ópera sea por lo regular un martirio de los oyentes y uno aún mayor de los cantantes y músicos; en consecuencia, podríamos creer que vemos aquí una numerosa asamblea que se reúne con el fin de torturarse a sí misma y lo persigue con perseverancia hasta el final: un final por el que todos suspiraban hace tiempo — con excepción de los desertores.


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