Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Una obra de arte auténtica no puede necesitar el preámbulo de una historia del arte para poder disfrutarla. Pero en ningún tipo de pinturas ocurre eso en tal medida como en aquellas de las que hablamos. Por lo menos, uno no apreciará adecuadamente su valor hasta haber visto cómo se pintaba antes de Jan van Eyck, a saber: al gusto procedente de Bizancio, es decir, sobre fondo dorado, en témpera, con figuras sin vida ni movimiento, torpes y rígidas, además de masivas aureolas que contienen el nombre del santo. Van Eyck, como un auténtico genio, retornó a la naturaleza, dio fondo a las pinturas, a las figuras les otorgó una postura viva, gesto y agrupamiento, dio expresión y verdad a las fisonomías y corrección a los pliegues: además, introdujo la perspectiva y en general consiguió la máxima perfección en la ejecución técnica. Una parte de sus seguidores se quedó en esa vía, como es el caso de Schoreel y Hemling (o Memling), y otros volvieron a los absurdos antiguos. Incluso él mismo había tenido que conservar tantos absurdos como aquellos a los que le obligaba el parecer eclesiástico: por ejemplo, tuvo que seguir pintando aureolas y rayos de luz masivos. Pero se ve que regateó todo lo que pudo. Por consiguiente, siempre luchó contra el espíritu de su tiempo, al igual que Schoreel y Hemling. Así que hay que juzgarlos en consideración a su época. A ella hay que imputarle el que sus temas sean la mayoría de las veces insignificantes, a menudo insulsos, y siempre trillados y pueriles; por ejemplo, los tres Reyes Magos, la dormición de María, san Cristóbal, san Lucas pintando a María, etc. Igualmente, es culpa de su tiempo que sus figuras no tuvieran casi nunca una postura y gesto libres y puramente humanos, sino que constantemente hicieran el gesto religioso, es decir, un gesto pordiosero forzado, amaestrado, sumiso y furtivo. — A ello se añade que aquellos pintores no conocieron a los antiguos: de ahí que sus figuras raras veces tengan rostros bellos, sino casi siempre feos, y nunca miembros hermosos. — Falta la perspectiva atmosférica: la perspectiva lineal es la mayoría de las veces correcta. Han extraído todo de la naturaleza tal y como la conocían: en consecuencia, la expresión de los rostros es verdadera y franca, pero en modo alguno elocuente; y ninguno de sus santos tiene en su rostro un vestigio de aquella sublime y celestial expresión de verdadera santidad que solo ofrecen los italianos, ante todo Rafael, y Correggio en sus pinturas más antiguas.


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