Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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En no menor medida se muestra aquella lamentable falta de Juicio en las ciencias, en concreto, en la persistente vida de teorías falsas y refutadas. Una vez que han alcanzado crédito, se oponen a la verdad durante cincuenta y hasta cien años, igual que un muelle de piedra desafía la agitación del mar. Después de cien años, Copérnico aún no había desbancado a Ptolomeo. Bacon de Verulam, Descartes y Locke se introdujeron muy despacio y tarde. (Léase simplemente el famoso prólogo de D’Alembert a la Enciclopedia.) Lo mismo ocurre con Newton: véase el encono y el sarcasmo con que Leibniz combate el sistema newtoniano de la gravitación en su controversia con Clarke, en especial en los parágrafos 35, 113,118, 120, 122 y 128. Aunque Newton sobrevivió casi cuarenta años a la aparición de sus Principia, cuando murió su doctrina solo había sido reconocida parcialmente y en cierta medida en Inglaterra; mientras que fuera de su país natal no contaba ni con veinte partidarios, según el informe preliminar a la exposición que hace Voltaire de su teoría. Precisamente esa exposición fue lo que más contribuyó a que su sistema llegara a conocerse en Francia, casi veinte años después de su muerte. En efecto, hasta entonces la gente se aferraba firme, perseverante y patrióticamente a los torbellinos cartesianos, cuando cuarenta años antes la misma filosofía cartesiana había estado prohibida en las escuelas francesas. En esta ocasión, el canciller d’Aguesseau negó a su vez a Voltaire el imprimatur para su exposición del sistema newtoniano. Por el contrario, en nuestros días la absurda teoría de los colores de Newton es aún la plena dueña del campo de batalla, cuarenta años después de aparecer la de Goethe. Flume, pese a haber aparecido muy pronto y escribir con un estilo muy popular, permaneció ignorado hasta los cincuenta años. Kant pasó toda su vida escribiendo y enseñando, y sin embargo no se hizo famoso hasta después de los sesenta años. — Por supuesto, los artistas y poetas lo tienen mejor que los pensadores, ya que su público es al menos cien veces mayor. No obstante, ¿qué prestigio tuvieron Mozart y Beethoven mientras vivieron? ¿Y Dante? ¿Y el propio Shakespeare? Si los contemporáneos de este último hubieran conocido de algún modo su valor, al menos habríamos recibido de aquella época floreciente de la pintura un retrato suyo bueno y fidedigno, cuando ahora no existen más que pinturas absolutamente dudosas, un grabado en cobre muy malo y un busto sepulcral todavía peor[497]. También existirían aún los manuscritos que quedaron a cientos, y no se limitarían, como ahora, a algunas firmas legales. — Todos los portugueses siguen orgullosos de Camoens, su único poeta: pero vivió de las limosnas que por las tardes recogía para él un muchacho negro que se había traído de la India. — Por supuesto, con el tiempo a todos se les hace justicia (tempo è galant-nomo[498]), pero tan tarde y tan despacio como en tiempos la hacía la Corte Imperial; y la condición tácita es que uno ya no esté vivo. Pues se sigue fielmente el precepto del Eclesiástico (c. 11, 28): ante mortem ne laudes hominem quemquam[499]. Aquí el que ha creado obras inmortales tiene que aplicarse para su consuelo el mito hindú de que los minutos de la vida de lo inmortal parecen años en la tierra, e igualmente los años de la tierra no son más que minutos de lo inmortal.


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