Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Según todo esto, la frecuente expresión de que uno «está por encima de su siglo» se ha de interpretar en el sentido de que está por encima del género humano en general, y por eso solo puede ser conocido inmediatamente por quienes superan ellos mismos en alto grado la medida de las capacidades usuales: mas esos son demasiado raros como para que en todo tiempo pudiera existir un número de ellos. Y si aquel no está especialmente favorecido por el destino en ese tema, será «ignorado por su siglo», es decir, quedará privado de prestigio hasta que el tiempo haya acumulado poco a poco las voces de las raras mentes capaces de juzgar una obra de género superior. Después se dice en la posteridad: «ese hombre estuvo por encima de su siglo» en vez de «por encima de la humanidad»: esta, en efecto, cargará gustosamente su propia culpa sobre un solo siglo. De ahí se sigue que quien ha estado por encima de su siglo bien podría haber estado también por encima de todos los demás; a no ser que en alguno de ellos, por un raro golpe de fortuna, hubieran nacido a la vez que él algunos críticos de la especialidad de sus obras que fueran capaces y justos; eso es lo que ocurre, según un hermoso mito hindú, cuando Visnu se encarna como héroe y al mismo tiempo viene al mundo Brahma como cantor de sus hazañas; precisamente por eso Valmiki, Vyasa y Kalidasa son encarnaciones del Brahma[519]. — En ese sentido, podemos decir que toda obra inmortal pone a prueba a su época con respecto a su capacidad para reconocerla: en la mayoría de los casos no pasa la prueba mejor que los vecinos de Filemón y Baucis, que cerraron las puertas a los dioses de incógnito[520]. Por consiguiente, la correcta medida del valor intelectual de una época no está en los grandes espíritus que surgieron en ella, ya que sus capacidades son obra de la naturaleza y la posibilidad de instruirlas dependía de circunstancias casuales; antes bien, la medida la proporciona la acogida que sus obras han encontrado entre sus contemporáneos, en concreto, si fueron objeto de una aprobación pronta y viva, o tardía y reacia, o si se dejó por completo a la posteridad. Este último será el caso, especialmente cuando se trate de obras de un género superior. Pues será tanto más seguro que no se produzca el golpe de suerte antes mencionado, cuantos menos sean aquellos a los que resulte asequible el género en el que trabaja un gran espíritu. Aquí radica la enorme ventaja en la que se encuentran los poetas en relación con la fama, ya que ellos son asequibles a casi todos. Si Walter Scott solamente hubiera podido ser leído y juzgado por unas cien personas, quizá se hubiera preferido frente a él a cualquier vulgar escritorzuelo; y cuando más tarde se hubiera explicado el asunto, también a él se le habría otorgado el honor de «haber estado por encima de su siglo». — Mas cuando a la incapacidad de aquellas cien inteligencias que han de juzgar una obra en nombre de una época se asocia la envidia, la falta de honradez y las intenciones conforme a fines personales, entonces esa obra tiene el triste destino de aquel que aboga ante un tribunal cuyos miembros están todos sobornados.