Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II ¿Y no vemos como, en conformidad con la miserable condición del género humano ya mencionada, en todas las épocas los grandes genios, sean de la poesía, de la filosofía o de las artes, existen como héroes aislados que han de sostener una lucha desesperada contra la embestida de una hueste? Pues la torpeza, barbarie, absurdidad, necedad y brutalidad de la gran, la gran mayoría del género humano, se opone eternamente a su acción en todas las formas y procedimientos, y forma así aquella hueste hostil que al final los derrota. Todo héroe es un Sansón: el fuerte sucumbe a las intrigas de los que son débiles pero muchos: si al final pierde la paciencia, los aplasta a ellos y a sí mismo. O bien es simplemente un Gulliver entre los liliputienses que, al ser demasiados en número, al final le vencen. Cualquiera que sea la producción de tales individuos, se la conoce difícilmente, es valorada tarde y únicamente por autoridad, y es fácil que sea desbancada de nuevo, al menos por un tiempo. Pues en su contra siempre se lanzará lo falso, lo vulgar, lo de mal gusto; y todo eso agrada más a aquella gran mayoría, por lo que casi siempre sale vencedor. Lo mismo da que el crítico se encuentre ante ella gritando como Hamlet cuando muestra a su indigna madre los dos retratos: «¿Tenéis ojos? ¿Tenéis ojos?»[518]. — ¡Ah, no tienen! Cuando observo a los hombres disfrutando las obras de los grandes maestros y veo de qué clase es su aprobación, a menudo se me vienen a la cabeza los monos amaestrados para las llamadas «comedias», que adoptan actitudes bastante humanas pero siempre delatan que les falta el verdadero principio interno de aquellas actitudes, ya que siempre dejan entrever su naturaleza irracional.