Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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encuentra aquí su más plena aplicación y hasta explicación. En efecto, el que piensa por sí mismo no llega a conocer las autoridades en favor de sus opiniones hasta después, y entonces le sirven únicamente para reforzarlas y para su propia confirmación; sin embargo, el filósofo de libros parte de aquellas autoridades y con las opiniones ajenas recopiladas en sus lecturas se construye una totalidad semejante a un autómata compuesto de materiales extraños, mientras que la de aquel otro es como un hombre que se ha generado vivo. Pues, a semejanza de este, ha nacido cuando el mundo externo fecundó al espíritu pensante, que luego la llevó en su seno y la alumbró.

La verdad simplemente conocida se nos adhiere como un miembro postizo, como un diente falso, una nariz de cera, o a lo sumo como una injertada por rinoplastia con carne ajena; la adquirida por el propio pensamiento se asemeja a un miembro natural: solo ella nos pertenece realmente. En eso se basa la diferencia entre el pensador y el simple erudito. Por eso el logro espiritual del que piensa por sí mismo se parece a una bella pintura, que destaca vivamente, con luces y sombras adecuadas, con tono sostenido y con plena armonía de colores. En cambio, el logro espiritual del simple erudito se asemeja a una gran paleta llena de variados colores, siempre sistemáticamente ordenada, pero sin armonía, coherencia ni significado.


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