Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II 1) El sujeto del conocer no es nada autónomo, no es una cosa en sí, no tiene una existencia independiente, primigenia o sustancial, sino que es un mero fenómeno, algo secundario, un accidente, condicionado ante todo por el organismo, que es el fenómeno de la voluntad: en resumen, no es más que el foco en el que convergen todas las fuerzas cerebrales, tal y como lo he explicado en el segundo volumen de mi obra principal, capítulo 22, p. 277 [3.a ed., p. 314]. ¿Cómo habría entonces de conocerse a sí mismo ese sujeto, puesto que en sí mismo no es nada? Si se dirige hacia dentro, conoce la voluntad, que es la base de su ser: mas para el sujeto cognoscente eso no es un verdadero autoconocimiento sino conocimiento de otra cosa distinta de él mismo, que sin embargo, ya en cuanto conocida, es enseguida mero fenómeno, si bien solo tiene por forma el tiempo y no el espacio como las cosas del mundo externo. Pero prescindiendo de eso, el sujeto conoce la voluntad igual que las cosas exteriores: en sus manifestaciones, es decir, en los actos de voluntad particulares y en las demás afecciones que se conciben con el nombre de deseos, afectos, pasiones y sentimientos; por consiguiente, la sigue conociendo como fenómeno, aunque no bajo la limitación del espacio como las cosas externas. Pero, por las razones señaladas, el sujeto cognoscente no puede conocerse a sí mismo, ya que en él no hay nada que conocer sino justo que es el cognoscente, y precisamente por eso nunca lo conocido. Es un fenómeno que no tiene más manifestación que el conocer: por consiguiente, no se puede conocer ninguna otra en él.