Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Pero aún más que ningún otro debe el filósofo nutrirse de aquella fuente originaria, el conocimiento intuitivo; y por lo tanto, tener a la vista las cosas mismas, la naturaleza, el mundo, la vida, hacer de ellos, y no de los libros, el texto de sus pensamientos, examinar y controlar siempre en ellos todos los pensamientos heredados, y no usar, pues, los libros como fuentes del conocimiento sino solamente como ayuda. Pues lo que ellos dan lo recibe simplemente de segunda mano y en la mayoría de los casos ya algo falseado: no es más que un reflejo, un retrato del original, del mundo, y raras veces el espejo era totalmente puro. En cambio, la naturaleza, la realidad, nunca miente: ella hace verdadera toda verdad. Por eso el filósofo ha de acercar a ella su estudio; y su problema radica en los grandes y claros rasgos de aquella, en su carácter principal y fundamental. En consecuencia, él convertirá en objeto de su consideración los fenómenos esenciales y universales, lo que existe siempre y en todas partes; y, en cambio, dejará los fenómenos especiales, particulares, infrecuentes, microscópicos o pasajeros al físico, el zoólogo, el historiador, etc. A él le ocupan cosas más importantes: la totalidad y magnitud del mundo, lo esencial de él, las verdades fundamentales, son su elevado fin. De ahí que no pueda dedicarse al mismo tiempo a detalles y micrologías, del mismo modo que quien contempla el paisaje desde la alta cumbre de la montaña no puede al mismo tiempo investigar y determinar las plantas que crecen allá abajo, en el valle, sino que eso lo deja al botánico que se encuentra allí. — Para dedicarse con todas las fuerzas a una ciencia especial hay que tener, por supuesto, una gran afición a ella, pero también una gran indiferencia hacia todas las demás; porque lo primero solo se puede conseguir a condición de permanecer ignorante en todas estas, al igual que quien se casa con una mujer renuncia a todas las demás. Por eso los espíritus de primer rango nunca se dedicarán a una ciencia particular: pues a ellos les interesa demasiado penetrar en la totalidad. Son generales, no capitanes; son maestros de capilla, no músicos de orquesta. ¿Cómo un gran espíritu habría de encontrar satisfacción en llegar a conocer de entre la totalidad de las cosas una determinada ramificación de ellas, un solo campo, de forma exacta y en su relación con los demás, dejando fuera de consideración todo lo restante? Antes bien, él está claramente orientado a la totalidad: su aspiración se dirige al conjunto de las cosas, al mundo en general, y en él nada le puede resultar ajeno: por consiguiente, no puede emplear su vida en agotar las micrologías de una especialidad.


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