Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Ningún sufrimiento que lance sobre nosotros la naturaleza o el azar o el destino es, ceteris paribus, tan doloroso como el que nos inflige el arbitrio ajeno. Esto se debe a que reconocemos la naturaleza y el azar como originales soberanos del mundo y comprendemos que lo que a través de ellos nos afecta habría afectado igualmente a cualquier otro; por eso en el sufrimiento derivado de esas fuentes nos lamentamos más de la suerte común de la humanidad que de la propia. En cambio, el sufrimiento debido al arbitrio ajeno posee una peculiar y amarga añadidura al dolor o el daño mismo: la conciencia de la superioridad ajena, sea por la fuerza o por la astucia, frente a la propia impotencia. El daño sufrido es subsanado por la reparación, cuando esta es posible: pero aquella amarga añadidura, aquel «y esto tengo que soportar de ti», que a menudo duele más que el daño mismo, solamente se puede neutralizar con la venganza. En efecto, al infligir un daño por la fuerza o la astucia a quien nos ha perjudicado, mostramos nuestra superioridad sobre él y anulamos así la prueba de la suya. Eso da al ánimo la satisfacción que ansiaba. En consecuencia, donde haya mucho orgullo o vanidad también existirá mucha sed de venganza. Pero así como todo deseo satisfecho se desvela en mayor o menor medida como un engaño, lo mismo ocurre con el deseo de venganza. En la mayoría de los casos el placer que esperábamos con ella se nos amargará a causa de la compasión; de hecho, con frecuencia la venganza que nos hemos tomado desgarrará después el corazón y atormentará la conciencia: el motivo para ella ya no tiene efecto y la prueba de nuestra maldad permanece ante nosotros.


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