Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Incluso en el drama, que tiene por tema las pasiones y los afectos en sentido propio, no es fácil que estos aparezcan en forma vulgar; así puede observarse en especial en los trágicos franceses, que no se han fijado un fin más alto que la representación de las pasiones e intentan ocultar la ordinariez del asunto, bien tras un ridículo pathos hinchado, o bien tras un mordaz discurso epigramático. La famosa demoiselle Rachel, representando a María Estuardo, en su arranque contra Isabel me recordaba a una verdulera, por excelente que fuera su actuación. Además, en su representación la última escena de despedida perdió todo el componente sublime, es decir, todo lo realmente trágico, asunto del que los franceses no tienen la menor idea. El mismo papel fue representado incomparablemente mejor por la italiana Ristori; pues los italianos y alemanes, pese a su gran diversidad en muchos aspectos, coinciden en el sentimiento de lo que hay de íntimo, serio y verdadero en el arte, y con ello se oponen a los franceses, que carecen por completo de ese sentimiento, cosa que se delata por todas partes. Lo noble, es decir, lo extraordinario e incluso lo sublime es llevado al drama ante todo é3é por medio del conocer en oposición al querer, ya que flota libremente por encima de todos aquellos movimientos de la voluntad e incluso los convierte en materia de su consideración, tal y como deja ver en especial Shakespeare, sobre todo en Hamlet. Cuando el conocimiento se eleva hasta el punto en que se le revela la nihilidad de todo querer y toda aspiración, y como consecuencia de ello la voluntad se suprime a sí misma, es cuando el drama se hace realmente trágico, por lo tanto, verdaderamente sublime, y alcanza su más alto fin.


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