Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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En consecuencia, debemos intentar investigar la secuencia natural de los conocimientos y después, de acuerdo con ella, dar a conocer metódicamente a los niños las cosas y relaciones del mundo sin meterles en la cabeza patrañas que con frecuencia no se pueden erradicar. Aquí habría que evitar ante todo que los niños empleen palabras a las que no pueden vincular ningún concepto claro[687]. Pero la cuestión fundamental sigue siendo que las intuiciones precedan a los conceptos y no a la inversa, que es lo que ocurre habitual y desgraciadamente, como cuando un niño viene a mundo de pie o un verso se empieza a componer por la rima. En efecto, mientras el espíritu del niño es todavía pobre en intuiciones, se le empiezan ya a inculcar conceptos y juicios; propiamente hablando, verdaderos prejuicios: posteriormente lleva ese aparato ya hecho a la intuición y la experiencia, cuando aquellos deberían haberse deducido antes de estas. La intuición es múltiple y rica, por lo que no puede competir en brevedad y rapidez con el concepto abstracto, que enseguida lo tiene todo dispuesto: de ahí que aquella no lleve a término la corrección de tales conceptos preconcebidos hasta muy tarde, o quizá nunca. Pues da lo mismo cuál de sus aspectos se muestre en contradicción con ellos: de momento su declaración será desestimada por unilateral e incluso negada, y se cerrarán los ojos frente a ella, a fin de que el concepto no sufra daño. Así ocurre que más de un hombre carga toda su vida con patrañas, fantasías, extravagancias, imaginaciones y prejuicios que se convierten en ideas fijas. Pero si nunca ha intentado deducir por sí mismo conceptos sólidos a partir de intuiciones y experiencias, porque se le ha dado todo hecho, eso es precisamente lo que le hace a él y a innumerables otros tan superficial e insulso. En lugar de eso, se debería conservar en la niñez el curso natural de la formación cognoscitiva. No se debería introducir ningún concepto más que a través de la intuición, o al menos ninguno que no fuera acreditado por ella. Entonces el niño recibiría pocos conceptos, pero sólidos y correctos. Aprendería a medir las cosas con su propia medida en vez de con la ajena. Nunca concebiría mil fantasías y prejuicios en cuya erradicación tendrá que emplear la mejor parte de la experiencia y la vida escolar posteriores; y su espíritu se acostumbraría para siempre a la profundidad, la claridad, el juicio propio y la imparcialidad.


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