Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Por el contrario, hay que emplear preferentemente la memoria, que en la juventud posee su máximo vigor y tenacidad, pero siempre de forma muy selectiva y a partir de una escrupulosa reflexión. Pues, dado que lo que se ha aprendido bien en la juventud queda adherido para siempre, esa preciosa disposición debería utilizarse con el mayor provecho posible. Si tenemos en cuenta lo profundamente grabadas que están en nuestra memoria las personas que conocimos en los primeros doce años de nuestra vida, y que también los acontecimientos de aquella época y en general la mayor parte de lo que entonces experimentamos, oímos y aprendimos ha quedado acuñado en nosotros de manera indeleble, entonces será muy natural la idea de fundar la educación en esa receptividad y tenacidad del espíritu juvenil, dirigiendo a ella todas las impresiones de forma estrictamente metódica y sistemática, y de acuerdo con prescripciones y reglas. Pero puesto que al hombre solo le son dados unos pocos años de juventud y la capacidad de la memoria en general es siempre limitada, y en el caso de la individual todavía más, lo importante sería llenarla de lo esencial y relevante de cada especie excluyendo todo lo demás. Tal selección debería ser realizada por las mentes más aptas y los maestros de cada especialidad de una sola vez y tras una madura reflexión, y sus resultados tendrían que quedar fijados. Su base sería un examen de lo que es necesario e importante que sepa el hombre en general y dentro de cada profesión o especialidad en particular. Los conocimientos de la primera clase tendrían que estar a su vez divididos en cursos gradualmente ampliados o en enciclopedias, según el nivel de la instrucción general que se destine a cada cual en función de sus circunstancias externas: irían desde el nivel limitado a la educación primaria básica hasta el compendio de todos los objetos de enseñanza en la Facultad de Filosofía. Los conocimientos de la segunda clase quedarían confiados a la elección de los verdaderos maestros de cada especialidad. El conjunto daría como resultado un canon de la educación intelectual especialmente desarrollado y que, desde luego, requeriría una revisión cada diez años. Con tales disposiciones emplearíamos la fuerza juvenil de la memoria con el mayor provecho posible y transmitiríamos una excelente materia al Juicio que surge con posterioridad.


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