Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Pero, pasando del genus a la species, he de denunciar, como el ruido más irresponsable y dañino, el infernal chasquear del látigo que se produce en las resonantes calles de la ciudad y priva a la vida de todo sosiego y reflexión. Nada hay que dé una idea tan clara del embrutecimiento y el aturdimiento de los hombres como el hecho de que se permitan los chasquidos de látigos. Ese estruendo repentino, agudo, que paraliza el cerebro, que corta en pedazos toda reflexión y asesina cualquier pensamiento, ha de ser dolorosamente sentido por cualquiera que lleve en su cabeza siquiera algo parecido a un pensamiento: por lo tanto, cada uno de tales chasquidos tiene que perturbar a centenares de hombres en su actividad intelectual, por humilde que sea su especie: pero al pensador le atraviesa sus meditaciones de forma tan dolorosa y destructiva como pasa la espada de la justicia entre la cabeza y el tronco. Ningún sonido atraviesa el cerebro de forma tan cortante como ese maldito chasquear de látigo: uno siente directamente la punta de la tralla en el cerebro, y el efecto sobre él es como el del contacto sobre la Mimosa pudica[697] e igual de duradero. Con todos mis respetos a la sacrosanta utilidad, no entiendo que un tipo que transporta un carro de arena o de estiércol deba obtener por ello el privilegio de asfixiar en su germen cualquier pensamiento que surja en diez mil mentes de forma sucesiva (media hora de recorrido). Los martillazos, los ladridos de los perros y los gritos de los niños son espantosos; pero el verdadero asesino de los pensamientos es exclusivamente el chasquido de látigo. Su misión es moler cualquier momento de ingenio que acaso tenga uno aquí o allá. Solo se podría disculpar si para impulsar a los animales de tiro no se dispusiera de ningún medio más que ese, el más espantoso de todos los sonidos. Pero es todo lo contrario: ese maldito chasquear de látigo no solo es innecesario sino inútil. El efecto físico sobre los caballos que con él se pretende queda paralizado y suprimido por la costumbre que el incesante abuso del látigo ha generado: ya no aceleran su paso, según puede verse especialmente en los carros de alquiler que, vacíos y en busca de clientes, van a paso lento y chasquean el látigo sin cesar: el más ligero toque con el látigo tiene más efecto. Pero, aun suponiendo que fuera ineludiblemente necesario recordar continuamente a los caballos la presencia del látigo con su sonido, bastaría con que este fuera cien veces más débil; porque es sabido que los animales atienden a los signos más leves y hasta apenas imperceptibles, sean audibles o visibles; de ello ofrecen admirables ejemplos los perros y canarios amaestrados. En consecuencia, el asunto se presenta como una pura petulancia y hasta como una osada afrenta de la parte de la sociedad que trabaja con las manos hacia la que trabaja con la cabeza. Es una burda barbarie y una injusticia que en las ciudades se tenga que soportar semejante infamia; tanto más, por cuanto se podría suprimir con una ordenanza policial que obligara a poner un nudo al extremo de todos los látigos. No puede hacer ningún mal que se llame la atención a los proletarios acerca del trabajo intelectual de las clases superiores a ellos: pues tienen un miedo irrefrenable a cualquier trabajo intelectual. Pero un tipo que cuando cabalga por las estrechas calles de una populosa ciudad en caballos de correo o de carreta sin carga, o incluso cuando va a pie junto a los animales, chasquea sin cesar un látigo de una braza de largo con todas sus fuerzas merece ser apeado del caballo para recibir cinco azotes de vara bien dados: ni todos los filántropos del mundo ni las asambleas legislativas que con buenas razones quieren abolir las penas corporales me convencerán de lo contrario. Pero con bastante frecuencia se puede ver algo todavía peor que aquello: un carretero que chasquea sin cesar el látigo mientras camina por las calles solo y sin caballo: hasta ese punto chasquear el látigo se ha convertido en costumbre en ese hombre, como resultado de una tolerancia irresponsable. En medio de una ternura tan generalizada para con el cuerpo y sus satisfacciones, ¿ha de ser el espíritu pensante el único que no experimente la menor consideración ni apoyo, por no hablar de respeto? Carreteros, estibadores, mozos de berlina, etc., son las bestias de carga de la sociedad humana; deben ser tratados con total humanidad, con justicia, equidad, indulgencia y cuidados: pero no se les debe permitir que obstaculicen con ruidos intencionados el empeño superior del género humano. Me gustaría saber cuántos pensamientos grandes y bellos han hecho salir disparados del mundo esos látigos. Si yo mandara, se generaría en las mentes de los carreteros un nexus idearum indestructible entre el chasqueo del látigo y recibir una tanda de palos. — Queremos esperar que las naciones más inteligentes y de sentimientos más sutiles comiencen a hacerlo, y entonces los alemanes serán llevados también a ello por la vía del ejemplo[698]. Entretanto, de estos dice Thomas Hood (Up the Rhine) for a musical people, they are the most noisy I ever met with (Para ser una nación musical, son los más ruidosos que jamás me he encontrado). Que eso sea así no se debe a que sean más propensos al ruido que los demás, sino a la insensibilidad, nacida de la torpeza, de aquellos que tienen que oírlo y a los que no les molesta en su pensamiento o su lectura, precisamente porque no piensan sino solo fuman, que es su sucedáneo del pensamiento. La tolerancia generalizada con los ruidos innecesarios, por ejemplo, con los impertinentes y vulgares portazos, es directamente un signo del generalizado embotamiento y falta de ideas de las mentes. En Alemania es como si se hubiera dispuesto de forma reglamentaria que nadie pueda estar en sus cabales debido al ruido: por ejemplo, el redoble de tambores sin objeto alguno.


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