Vidas imaginarias

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—Me confesaré de muy buena gana con usted, amigo mío —dijo la buena Juana.

A todo esto, se había hecho un agujero en la muralla y afuera, en un peldaño de la escalera, Guillaume Manchón y Bois-Guillaume escribían la minuta de la confesión. Y Nicolás Loyseleur dijo:

—Juanita, persiste en tus palabras y sé constante: los ingleses no se atreverán a hacerte daño.

Al otro día Juana compareció ante los jueces. Nicolás Loyseleur se había colocado con un notario al abrigo de una ventana, detrás de una cortina de sarga, con el propósito de dar cabida sólo a las acusaciones y pasar por alto los descargos. Pero los otros dos escribanos protestaron. Cuando Nicolás reapareció en la sala le hizo furtivas señas a Juana para que no pareciese sorprendida y asistió con seriedad al interrogatorio.

El 9 de mayo, opinó en la gran torre del castillo que los atormentamientos eran urgentes.

El 12 de mayo, los jueces se congregaron en la casa del obispo de Beauvais con la finalidad de deliberar acerca de si era útil someter a Juana a la tortura. Guillaume Erart pensaba que no valía la pena, pues ya había material bastante amplio y sin tortura. El abogado Nicolás Loyseleur dijo que le parecía que como medicina para su alma, sería bueno que se le diese tormento; pero su consejo no prevaleció.


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