Vidas imaginarias

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La gracia persuasiva de Nicolás Loyseleur no fue de ningún modo olvidada por el obispo de Beauvais cuando comenzó a instruir en Rúan el proceso de Juana la Lorenesa. Nicolás vistió hábitos cortos, laicos y, con su tonsura oculta bajo una capucha, se hizo introducir en la pequeña celda redonda, debajo de una escalera, donde estaba encerrada la prisionera.

—Juanita —dijo, permaneciendo en la sombra— me parece que es Santa Catalina quien me envía a ti.

—Pero en nombre de Dios, ¿quién es usted, entonces? —dijo Juana.

—Un pobre zapatero de Greu —dijo Nicolás— ¡ay! de nuestro desgraciado país; y los «gotones» me han prendido como a ti, hija mía. ¡Quiera el cielo derramar sus loas en ti! Te conozco bien, sí; te vi una y otra vez cuando ibas a orar a la muy santa Madre de Dios en la iglesia de Santa María de Bermont. Y contigo con frecuencia oí las misas de nuestro buen cura Guillaume Front. Ay, ¿recuerdas acaso a Jean Moreau y a Jean Barre de Neufcháteau? Son mis amigos.

Entonces Juana lloró.

—Juanita, ten confianza en mí —dijo Nicolás—. Me ordenaron clérigo cuando era niño. Y fíjate, aquí está la tonsura. Confiésate, hija mía, confiésate con toda libertad, pues yo soy amigo de nuestro gracioso rey Carlos.


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