Vidas imaginarias
Vidas imaginarias Pero agregadas a su educación convencional, que fue esmeradísima, hubo muchas lecturas, diversas y constantes. Con el tiempo, nada de lo literario le fue extraño. Llegó a conocer al dedillo y a barajar con deslumbrante soltura las letras griegas, latinas, medievales y sobre todo, las inglesas, que prefirió. Marcel Schneider[6] escribió que en Meredith aprendió la paciencia para las observaciones minuciosas, y que satisfizo su gusto por lo maravilloso y extraordinario con la lectura de Shakespeare, Poe y los ingleses del siglo XIX, Stevenson y Swimburne en particular.
Le tocó vivir el tiempo ya señalado para siempre con el sobrenombre tan famoso como peligroso de belle époque, apodo hasta cierto punto explicable si se acepta que «de 1880 a 1910 Francia conoció la más grande epidemia de risa de su historia. Los diarios cómicos se contaban por decenas y Le Rire (La Risa) tiraba 150 000 ejemplares[7]». Se reía en el music-hall, en el circo, en el café concert…
Levantados y envueltos por este jolgorio se expandían los Catulle Mendés y los Louis Veuillot, ovacionados por la gente de orden; y moría sin escándalo Lautréamont y vivían malamente Verlaine, Rimbaud, Corbière, Laforgue…, sin que se diera por enterada la «élite poseedora de los secretos de la elegancia y del buen gusto, dada a lo exquisito y a lo refinado[8]».