Vidas imaginarias
Vidas imaginarias En Ponteau de Mer su compañero Bernard d’Anglades lo persuadió de que se pusieran fuera de la ordenanza real, asegurándole que los dos se darían la gran vida embaucando a los crédulos con los dados trucados que llaman «cargados». Lo hicieron, sin desprenderse de sus arreos militares, y fingían que jugaban, en la linde del cementerio, junto a los muros, en un tamboril robado. Un mal sargento del juez eclesiástico, Pierre Empongnart, hizo que le enseñaran las sutilezas de su juego y les dijo que no tardarían en ser prendidos, pero que entonces debían jurar con osadía que eran clérigos, para escapar así de la gente del rey y reclamar la justicia de la Iglesia, y para ello, raparse la coronilla y deshacerse con prontitud, en caso de necesidad, de sus gorgueras hechas jirones y sus mangas de color. Él mismo los tonsuró con las tijeras consagradas y les hizo mascullar los siete Salmos y el versículo Dominus pars. Después, cada uno tiró por su lado, Bernard con Bietrix la Clavière y Alain con Lorenete la Chandelière.
Como Lorenete quería una sobrevesta de paño verde, Alain acechó la taberna del Cheval Blanc en Lisieux, donde habían bebido un jarro de vino. Volvió a la noche por el jardín, hizo un agujero en el muro con su jabalina, entró en la sala donde encontró siete escudillas de estaño, un capuchón rojo y una sortija de oro. Jaquet le Grand, ropavejero de Lisieux se las cambió muy bien por una sobrevesta como la que deseaba Lorenete.