Vidas imaginarias
Vidas imaginarias El Mayor Stede Bonnet no conocía nada de las cosas del mar. Comenzó entonces a perder la cabeza entre la brújula y el astrolabio, confundiendo artimón con artillería, botalón con botavara, escotilla con escobillón, trinquete con castillete, ordenando izar por arriar. En suma, tanto lo agitó el tumulto de las palabras desconocidas y el movimiento inusitado del mar, como que pensó en regresar a las costas de Barbados, lo que habría hecho de no haber mediado el glorioso deseo de izar la bandera negra a la vista del primer buque, lo que lo sostuvo en su propósito. No había embarcado provisión ninguna, pues contaba con el pillaje. Pero la primera noche no se divisaron las luces ni del más pequeño galeón. El Mayor Stede Bonnet decidió entonces que había que atacar una aldea.
Alineó a todos sus hombres en el puente, les distribuyó machetes nuevos y los exhortó a la más grande ferocidad; después se hizo llevar un balde de betún con el cual se ennegreció el rostro y ordenó que lo imitaran, lo que se hizo no sin alegría.