Vidas imaginarias

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Los biógrafos, por desgracia, han creído, generalmente, que eran historiadores y así nos han privado de retratos admirables. Supusieron que sólo la vida de los grandes hombres podía interesarnos. El arte es ajeno a esas consideraciones. Para un pintor el retrato de un hombre desconocido por Cranach tiene tanto valor como el retrato de Erasmo. No es gracias al nombre de Erasmo que ese cuadro es imitable. El arte de un biógrafo radicaría en atribuirle tanto valor a la vida de un pobre actor como a la vida de Shakespeare. Es un bajo instinto lo que nos hace notar con placer el acortamiento del esternomastoideo en el busto de Alejandro o la mecha en la frente en el retrato de Napoleón. La sonrisa de Mona Lisa, de la cual no sabemos nada (tal vez sea un rostro de hombre) es más misteriosa. Una mueca dibujada por Hokusaí lleva a más profundas meditaciones. Si se tratase de cultivar el arte en el cual descollaron Boswell y Aubrey no habría, sin ninguna duda, que describir minuciosamente al más grande hombre de su tiempo, o anotar la característica de los más célebres del pasado, sino contar con el mismo esmero las existencias únicas de los hombres, así hayan sido divinos, mediocres o criminales.





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