Vidas imaginarias

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Semejante a un rey del cielo, Empédocles estaba envuelto en púrpura y ceñido de oro, mientras que los pitagóricos iban con sus leves túnicas de lino, con calzado hecho con papiros. Se decía que sabía hacer desaparecer las legañas, disolver los tumores y sacar los dolores de los miembros; se le suplicaba que hiciese cesar las lluvias o los huracanes; conjuró las tempestades en un círculo de colinas; en Selinonte echó a la fiebre volcando dos ríos en el lecho de un tercero; y los habitantes de Selinonte lo adoraron y le levantaron un templo y acuñaron medallas en las cuales su imagen estaba colocada cara a cara con la imagen de Apolo.

Otros sostienen que fue adivino instruido por los magos de Persia, que dominaba la necromancia y la ciencia de las hierbas que vuelven loco. Un día, cuando cenaba en lo de Anquitos, un hombre furioso irrumpió en la sala, la espada en alto. Empédocles se incorporó, tendió el brazo y cantó los versos de Homero sobre la nepenta que da la insensibilidad. E inmediatamente la fuerza de la nepenta aferró al furioso, y éste quedó inmóvil, con la espada en el aire, olvidado de todo, como si hubiese bebido el dulce veneno mezclado con el vino espumoso de una crátera.



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