Vidas imaginarias

Vidas imaginarias

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Los enfermos iban a él en las afueras de las ciudades y era rodeado por una multitud de miserables. Había mujeres mezcladas en su séquito. Besaban los bordes de su capa preciosa. Una de ellas se llamaba Panthea, era hija de un noble de Agrigento. Debía ser consagrada a Artemis, pero huyó lejos de la fría estatua de la diosa y consagró su virginidad a Empédocles. Nunca se vieron signos de su amor, pues Empédocles preservaba su insensibilidad divina. No profería palabras como no fuera en metro épico y en el dialecto de Jonia, a pesar de que el pueblo y sus fieles se valiesen sólo del dórico. Todos sus gestos eran sagrados. Cuando se acercaba a los hombres era para bendecirlos o para curarlos. Casi todo el tiempo permanecía silencioso. Ninguno de aquellos que lo seguían pudo jamás sorprenderlo en medio del sueño. Se lo vio sólo majestuoso.









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