Vidas imaginarias

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Panthea iba vestida de fina lana y de oro. Peinaba sus cabellos a la rica moda de Agrigento, donde la vida se deslizaba blandamente. Sostenía sus senos una almilla roja y las suelas de sus sandalias estaban perfumadas. Por lo demás, era bella y larga de cuerpo y de color muy deseable. Era imposible asegurar que Empédocles la amase, pero tuvo piedad de ella. En efecto, el soplo asiático engendró la peste en los campos sicilianos. Muchos hombres fueron tocados por los dedos negros del flagelo. Y hasta los cadáveres de los animales cubrían los bordes de las praderas y por un lado y otro se veía ovejas peladas, muertas con el hocico vuelto hacia el cielo, con sus costillas salientes. Y Panthea comenzó a languidecer por esta enfermedad. Cayó a los pies de Empédocles y no respiraba más. Aquellos que la rodeaban levantaron sus miembros rígidos y los bañaron en vinos y aromas. Desataron la almilla roja que ceñía sus jóvenes senos y la envolvieron con vendas. Y su boca entreabierta fue cerrada con un broche y sus ojos huecos ya no contemplaban la luz.





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