Vidas imaginarias
Vidas imaginarias Empédocles la miró, desprendió el círculo de oro que le ceñía la frente y se lo impuso. Depositó en sus senos la guirnalda de laurel profético, cantó versos desconocidos sobre la migración de las almas y le ordenó por tres veces que se levantara y anduviera. La muchedumbre estaba llena de terror. Al tercer llamado, Panthea salió del reino de las sombras y su cuerpo se animó y se irguió sobre sus pies, todo envuelto en las vendas funerarias. Y el pueblo vio que Empédocles era evocador de los muertos.
Pasiánates, padre de Panthea, acudió a adorar al nuevo dios. Se tendieron mesas bajo los árboles de sus campos para ofrecerle libaciones. A los lados de Empédocles había esclavos que sostenían grandes antorchas. Los heraldos proclamaron, como en los misterios, el silencio solemne. De pronto, la tercera velada, las antorchas se apagaron y la noche envolvió a los adoradores. Y hubo una voz fuerte que llamó: ¡Empédocles! Cuando se hizo la luz, Empédocles había desaparecido. Los hombres no volvieron a verlo. Un esclavo espantado contó que había visto una saeta roja que surcaba las tinieblas hacia la cima del Etna. Los fieles treparon las cuestas estériles de la montaña a la luz melancólica del alba. El cráter del volcán vomitaba un haz de llamas. Se encontró, en el poroso brocal de lava que rodea el abismo ardiente, una sandalia de bronce retorcida por el fuego.
