Vidas imaginarias

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Aquello exhalaba un fuerte olor a aceite de nardo. Las aristas negras del techo de ébano resplandecían. El óvalo de la cámara estaba dividido por la cortina tejida con hilo de oro y de púrpura que ocultaba a la diosa. Eróstrato, jadeante de voluptuosidad, la arrancó. Su lámpara alumbró el cono terrible de tetas erectas. Eróstrato las tomó con las dos manos y besó con avidez la piedra divina. Después dio una vuelta alrededor de ella y advirtió la pirámide verde donde estaba el tesoro. Tomó los clavos de bronce de la puertecita y la arrancó. Hundió sus dedos en las joyas vírgenes. Pero sólo tomó el rollo de papiro en el cual Heráclito había inscrito sus versos. Al resplandor de la lámpara sagrada los leyó y supo todo.

Enseguida exclamó: «¡El fuego, el fuego!».

Tomó la cortina de Artemisa y acercó la mecha encendida al borde inferior. La tela ardió, primero lentamente; después, alimentada por los vapores del aceite perfumado en el cual estaba impregnada, la llama subió, azulada, hacia el techo de ébano. El terrible cono reflejó el incendio.


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