Vidas imaginarias

Vidas imaginarias

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

El Anunciador precedía a Aquel que debía venir, el fundador de la primera de las Siete Ordenes. En el monolito de Parma, desde donde hacía años los podestás hablaban al pueblo, Dolcino proclamó la nueva fe. Decía que había que vestir mantillas de tela blanca, como los apóstoles que estaban pintados en la pantalla de la lámpara, en el refectorio de los Hermanos Menores. Aseguraba que no bastaba con hacerse bautizar; y con el propósito de volver enteramente a la inocencia de los niños, se fabricó una cuna, se hizo envolver con pañales y pidió el pecho a una mujer simple que lloró de piedad. Para poner a prueba su castidad, le rogó a una burguesa que convenciera a su hija de que se acostase completamente desnuda junto a él en una cama. Mendigó una bolsa llena de denarios y los distribuyó entre los pobres, los ladrones y las muchachas de la calle, proclamando que ya no había que trabajar, sino vivir a la manera de los animales en los campos. Robert, el cocinero del convento, huyó para seguirlo y alimentarlo en una escudilla que había robado a los pobres hermanos. La gente piadosa creyó que habían vuelto los tiempos de los Caballeros de Jesucristo y de los Caballeros de Santa María y los de aquellos que habían seguido, otrora, errantes y frenéticos, a Gerardino Sacorelli. Se aglomeraban beatamente alrededor de Dolcino y murmuraban: ¡Padre, padre, padre! Pero los hermanos Menores lo hicieron echar de Parma. Una doncella de noble casa, Margherita, corrió tras él por la puerta que se abre hacia el camino de Plasencia. La cubrió con un saco marcado con una cruz y la llevó. Los porquerizos y los vaqueros los contemplaban desde las orillas de los campos. Muchos abandonaron sus animales y fueron a ellos. Mujeres prisioneras a quienes los hombres de Cremona habían mutilado cruelmente cortándoles la nariz, les imploraron y los siguieron. Tenían el rostro envuelto con una tela blanca. Margherita las instruyó. Se establecieron todos en una montaña arbolada, no lejos de Novara y practicaron la vida en común. Dolcino no impuso regla ni orden ninguno, seguro de que tal era la doctrina de los apóstoles y que todo debía ser hecho por caridad. Los que querían se alimentaban con las bayas de los árboles; otros mendigaban en las ciudades; otros robaban ganado. La vida de Dolcino y de Margherita fue libre bajo el cielo. Pero la gente de Novara no quiso comprenderlo. Los campesinos se quejaban de los robos y del escándalo. Se mandó llamar a una banda de hombres armados para cercar la montaña. Los Apóstoles fueron echados por los lugareños. A Dolcino y a Margherita los ataron encima de un asno, con el rostro vuelto hacia la grupa; los llevaron hasta la gran plaza de Novara. Allí fueron quemados en una misma pira por orden de la justicia. Dolcino pidió sólo una gracia: que los dejaran vestidos, durante el suplicio, en medio de las llamas, como los Apóstoles en la pantalla de la lámpara, con sus dos mantillas blancas.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker