Vidas imaginarias
Vidas imaginarias Los historiadores de la literatura ubicaron a Schwob en el «simbolismo», marbete puesto a un momento de la historia de las letras para el cual Hubert Juin juzgó forzoso encontrar una «definición coherente, exacta y de aplicación constantemente segura». «Lo que se sabe, con toda evidencia —explicó— es que entre 1885 y 1900 una cierta poesía agonizaba y que otra, con tanteos extraños, se esforzaba por nacer. Y nos acostumbramos, para no perder tiempo, a llamar parnasianos a los moribundos y simbolistas a los innovadores. Los historiadores puristas introdujeron, en ese instante y en ese lugar, sutilezas de acomodamiento: hay, dijeron, decadentes que no son simbolistas y versolibristas que, bien vistos, no son ni decadentes ni simbolistas, a decir verdad». Fue Bretón quien en 1911 advino para sentenciar tajante que «a decir verdad, no hay decadente que no haya sido simbolista o versilibrista y a la recíproca[3]», dictamen al cual se pliega Juin.
Allí está Schwob, entre simbolistas y decadentes, más cerca de estos últimos, junto a ellos, unido a ellos por los rasgos en común que se creyó encontrarles; y está aquí, sobre todo aquí, en las Vidas imaginarias, solo, magnífico superviviente, salvado por lo único que cada hombre llega a poseer realmente de sí mismo, sus rarezas.