El anticuario

El anticuario

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Capítulo VIII


Allí se alza un peñasco, cuya alta y colgante cabeza

se mira pavorosamente en el confinado mar.

Guíame siquiera hasta su mismo borde,

y repararé la miseria que soportas.

El rey Lear[88]

El sonido de voces humanas que venían de arriba aumentó y el brillo de las antorchas empezó a mezclarse con las luces de la tarde, que todavía perduraban en medio de la oscura tormenta. Se intentó establecer contacto entre los que venían a ayudar por arriba y los desafortunados de abajo, que seguían aferrados a su precario refugio. Sin embargo, el aullido de la tormenta limitaba su comunicación, haciéndola tan imprecisa como la de los alados pobladores del acantilado, que chillaban a coro, alarmados al oír el creciente vocerío humano en un lugar donde casi nunca sonaba.

En la cresta del precipicio se había reunido un grupo de ansiosos rescatadores. Oldbuck, en primera fila, estaba especialmente preocupado: avanzaba con desesperación involuntaria hasta el mismo borde del peñasco y asomaba la cabeza (con el sombrero y la peluca asegurados con un pañuelo atado debajo de la barbilla) en aquella vertiginosa altura con tanta determinación que hacía temblar a sus auxiliares más temerosos.


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