El anticuario
El anticuario —No tan deprisa, mujer. ¿Acaso tres chelines bastarán para llevarme a Queensferry según su traicionero programa? ¿Compensarán los perjuicios por dejar desatendidos mis negocios, o cubrirán los gastos en caso de verme obligado a esperar un dÃa en South Ferry? ¿Bastarán para alquilar, digamos, una pinaza, cuyo precio regular suele ser de cinco chelines?
Su parlamento fue interrumpido por un fuerte ruido que resultó ser el avance del vehÃculo esperado; se acercaba a toda la velocidad que sus fatigados caballos le permitÃan. Con placer inefable, la señora Macleuchar vio como su torturador subÃa a la diligencia; sin embargo, incluso cuando el coche se alejaba, pudo ver cómo la cabeza del viajero se asomaba por la ventana para recordarle, con palabras ahogadas por el ruido de las ruedas, que, si la diligencia no llegaba al ferry a tiempo para cruzar el estuario con marea alta, serÃa ella quien cargarÃa con las responsabilidades y consecuencias.