El anticuario
El anticuario Señor, qué escándalo es éste,
una triste costilla de cordero asado
¡como la suela de un zapato! Ni con cerveza
y leche mezcladas baja el condenado.
Va en contra de mis bienes, de mi herencia.
Pues vino es la palabra que recrea
y deleita el corazón de los hombres;
felicidad y jerez, ellos son mi poesía.
BEN JONSON, New Inn
Cuando el mayor de los viajeros bajó por los irregulares estribos de la diligencia frente a la posada, fue recibido por el posadero, un hombre gordo, gotoso y asmático, con la mezcla de familiaridad y respeto que los posaderos escoceses de la vieja escuela adoptaban ante sus clientes predilectos.
—Bienvenido, Monkbarns —utilizó su epíteto territorial, siempre agradable a oídos del terrateniente escocés—. ¿Realmente es usted? No imaginé que nos honraría con su presencia antes de que terminase la sesión de verano del tribunal.
—¡Silencio, viejo diablo! —contestó el huésped, cuyo acento escocés, de otro modo inadvertido, se hacía perceptible con la ira—. ¡Silencio, idiota tullido! ¿Qué tendré yo que ver con el tribunal, o con los gansos que se reúnen en él, o con los halcones que allí les acechan?
