El anticuario
El anticuario Mientras tanto, el envío que había originado tantas especulaciones de camino a Monkbarns se enfrentaba a peligros e interrupciones. El portador, Davie Mailsetter, imaginado por muchos como un valiente jinete, avanzó hacia su paradero mientras duraron en la memoria del animal las indicaciones del mozo de la carnicería y el chasquido de su látigo. Pero, viendo cómo Davie, con sus cortas piernas, mantenía difícilmente el equilibrio y se balanceaba de un lado al otro sobre su lomo, el poni empezó a desobedecer las indicaciones que le habían dado. Primero redujo su carrera a un paseo. Discutir con el jinete no tenía sentido, ya que se había descompuesto por la velocidad del principio de la marcha y ahora aprovechaba el cambio de velocidad para comerse las galletas de jengibre que su madre le había puesto en las manos para recompensar al joven correo por cumplir con su deber. Al final el fuerte poni consiguió con su indisciplina que Davie soltara las riendas y se dedicó a pastar en el prado junto al sendero. Sorprendido por estos signos decididos de rebelión, y temiendo tanto seguir sentado como caerse, el pobre Davie rompió a llorar amargamente. El poni, al oír este ruido junto a sus orejas, pareció pensar que era mejor para él y para el jinete volver por donde habían venido, por lo que retomó el camino a Fairport. Pero, como suele ocurrir, la marcha atrás acabó en una derrota total y el animal, alarmado por los llantos del niño y por el roce de las riendas en sus patas delanteras, se lanzó a toda velocidad a fin de, si Davie conseguía aferrarse a la montura (algo extremadamente dudoso), no tardar en llegar a la puerta del establo de Heukbane. Pero en una curva del camino apareció un auxilio en forma del viejo Edie Ochiltree, que agarró las riendas y detuvo el avance del animal.