El anticuario

El anticuario

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Capítulo IV


Desde el prado se acerca el astuto viajero,

se dirige hacia mí, sombrero en mano,

y dice: «Señor, se lo ruego,

¿podría dar cobijo a este pobre anciano?».

El mendigo[32]

Nuestros dos amigos caminaron por un pequeño huerto donde los viejos manzanos, bien cargados de fruta, indicaban, como es habitual en las inmediaciones de edificios monásticos, que los monjes no siempre malgastaban sus días en la holganza, sino que se dedicaban a menudo a la horticultura y la jardinería. El señor Oldbuck no olvidó señalarle a Lovel que los cultivadores de aquella época conocían el secreto moderno de evitar que las raíces de los frutales penetraran en la toba y de obligarlos a extenderse de forma lateral; lo conseguían colocando losas debajo de los árboles cuando los plantaban para interponerlas entre sus fibras y el subsuelo.


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