El anticuario

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Capítulo XXXIII


Remordimiento, él jamás nos abandona;

cual tenaz sabueso, rastrea nuestros pasos

a través del laberinto del verde frenesí

en calma, tal vez, hasta la edad caduca.

Mas cuando el Tiempo hiele nuestras rodillas,

y mutile nuestra esperanza de combate o huida,

oiremos su profundo aullido, anunciando

la ira, el mal y el castigo que nos aguarda.

Antigua obra

—No necesito decirle que yo era la asistente y confidente favorita de Joscelind, condesa de Glenallan, a quien, espero, Dios haya acogido en su seno —dijo la anciana dirigiéndose al conde de Glenallan mientras se santiguaba—. Y creo además, y es posible que usted no lo haya olvidado, que correspondí a su aprecio muchos años. Lo correspondí estando a su lado en todo momento, pero caí en desgracia a partir de un trivial acto de desobediencia, del cual su madre fue puesta al tanto por una persona que creía, y no le faltaba razón, que yo estaba espiando las acciones de su madre y las suyas propias.

—Le exhorto —dijo el conde con un temblor de emoción en la voz— a que no la nombre.

—Debo hacerlo —respondió la penitente con firmeza y serenidad—, o ¿cómo si no iba a entenderme?


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