El anticuario

El anticuario

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Sin prestar más atención a Oldbuck, continuó con su trabajo y el anticuario —a quien el ejemplo del género humano bajo la influencia de pasiones turbulentas nunca dejaba indiferente— se quedó a su lado, atento y en silencio, como si estuviese observando el progreso de su trabajo. Reparó varias veces en los duros rasgos del hombre, tratando de establecer asociaciones; Meiklebackit parecía acompañar el ruido de la sierra y del martillo con su habitual sinfonía de rústicas tonadas, que iba tatareando o silbando, pero a menudo una leve contracción convulsiva indicaba —antes de articular las notas— que acababa de recordar la causa que le impedía continuar. Finalmente, cuando hubo reparado una parte considerable de la barca y se disponía a arreglar otra, sus sentimientos parecieron entorpecer su capacidad de concentración. El trozo de madera que estaba a punto de clavar era demasiado largo, así que lo serró, pero quedó demasiado corto; entonces eligió otro trozo que tampoco le iba bien para su propósito. Al final, lo arrojó con enfado y, frotándose los turbios ojos con su temblorosa mano, exclamó:

—Aquí hay algo maldito; si no soy yo, es esta barca endiablada que tantas veces he arrastrado a tierra firme para repararla y restaurarla. Quién sabe si no fue esta barca la que ahogó a mi pobre Steenie al cabo de tantos años y ahora está muerto por su culpa.


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