El anticuario

El anticuario

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Capítulo XXXVI


Vejez áspera y juventud

no pueden vivir unidas.

La juventud está llena de regocijo;

la vejez de cuidados.

La juventud semeja el estío matinal;

la vejez, la noche del invierno.

La juventud es parecida al opulento verano;

la vejez, al invierno desnudo.

SHAKESPEARE[252]

A la mañana siguiente, Caxon despertó al anticuario, un tanto perezoso, una hora antes de lo acostumbrado.

—Y ¿ahora qué pasa? —exclamó entre bostezos y alargó la mano hacia el enorme reloj de repetición, envuelto en su pañuelo de seda india, que tenía a buen recaudo bajo la almohada—. ¿Qué pasa ahora, Caxon? No pueden ser las ocho todavía.

—No, señor. Pero su huésped me lo ha pedido, me ha tomado por su valet-de-chambre y, de hecho, lo soy, no cabe duda de ello, tanto el suyo como el del reverendo o, al menos, no tienen a nadie más que yo sepa; también le echo una mano a sir Arthur de vez en cuando, pero eso tiene más que ver con mi profesión.


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