El anticuario

El anticuario

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—Llame a la señorita Neville. ¿Qué quiere decir con «lady Geraldin»? He dicho «Eveline Neville», no «lady Geraldin», no existe ninguna lady Geraldin. Dígale eso, y que se cambie ese vestido mojado y que se dé color en las mejillas, qué pálida está. ¡El niño! ¿Qué hacemos con el niño? Las doncellas no tienen niños, supongo. ¡Teresa, Teresa, mi señora nos llama! Trae una vela. La escalinata está tan oscura, como si fuese noche cerrada de invierno. ¡Ya llegamos, mi señora!

Y con estas palabras se desplomó en la silla y después cayó en el suelo.

Edie fue corriendo a socorrerla, pero apenas la había sujetado en sus brazos cuando dijo:

—Todo ha terminado, ha fallecido y con ella su confesión.

—Imposible —dijo Oldbuck, acercándose rápidamente con su sobrino.

Pero nada era más cierto. Había expirado tras la última palabra que habían pronunciado sus labios, y lo único que quedaba ahora ante Oldbuck y sus compañeros eran las reliquias mortales de una criatura que había luchado años contra una sensación interior de culpabilidad encubierta y contra los estragos de la edad y de la pobreza.


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