El anticuario
El anticuario Ya hemos dicho que el señor Oldbuck tenía poca relación con los caballeros de su entorno, a excepción de una sola persona. Se trataba de sir Arthur Wardour, un baronet de vieja familia y gran fortuna, aunque algo dilapidada. Su padre, sir Anthony, fue un jacobita que mostraba todo su entusiasmo al partido siempre que el servicio no implicara ir más allá de las palabras. Nadie exprimía una naranja[52] con un gesto más significativo, nadie podía ofrecer un brindis peligroso con más destreza sin caer bajo el peso de la ley y, sobre todo, nadie bebía por el éxito de la causa con tanta asiduidad y devoción. Pero, al acercarse el ejército de las Tierras Altas en 1745, el valioso fervor del baronet se volvió más moderado precisamente cuando su ardor habría sido más conveniente. Sin duda hablaba mucho de ir al campo de batalla por los derechos de Escocia y de Carlos Estuardo[53], pero su silla solo le iba bien a uno de los caballos y el animal no estaba en condiciones de tomar parte en un conflicto. Quizá el admirable dueño había simpatizado con los escrúpulos del astuto cuadrúpedo y había empezado a pensar que algo que su caballo tanto temía no podía ser bueno para el jinete. En cualquier caso, mientras sir Anthony Wardour hablaba, bebía y dudaba, el intrépido preboste de Fairport (el cual, como ya se ha dicho antes, era el padre de nuestro anticuario) partió de su viejo municipio liderando un ejército de vecinos liberales y tomó de una vez, en nombre de Jorge II, el castillo de Knockwinnock, cuatro caballos y a su señor. Sir Anthony fue poco después enviado a la Torre de Londres por orden judicial de un ministro, y con él fue su hijo Arthur, entonces solo un niño. Pero, como nada indicaba un acto de traición, padre e hijo fueron liberados poco después y regresaron a su propia mansión de Knockwinnock a ahogarse en brindis y a hablar de sus sufrimientos por la causa real. Esto se convirtió en un hábito para sir Arthur quien, incluso tras la muerte de su padre, había establecido que el capellán no juramentado[54] rezara con cierta frecuencia por la restauración del soberano legítimo, por la caída del usurpador y por la liberación de sus enemigos crueles y sanguinarios. Aunque la idea de una oposición seria a la casa de Hannover[55] había sido descartada, esta desleal liturgia se mantuvo más como cuestión de forma que como mensaje con sentido específico. Y, aunque esto fuera así, hacia el año 1770, en el curso de unas elecciones muy disputadas en el país, el valeroso caballero tuvo que tragarse el juramento de abjuración y lealtad para servir a un candidato que le interesaba; rechazó así al heredero por cuya restauración había pedido al Cielo cada semana y aceptó al usurpador, por cuyo destronamiento nunca había dejado de rezar. Y, para añadir una nota a este melancólico ejemplo de incoherencia humana, sir Arthur siguió rezando por la casa de Estuardo incluso después de que la familia se extinguiera y, aunque en su lealtad teórica se hubiera contentado con verlos vivos, en materia de servicios y deberes prácticos se mostraba celoso y devoto súbdito de Jorge III.