El anticuario
El anticuario La Fortuna, dicen, nos rehúye, en círculos:
cual ave marina alrededor del caique,
desaparece en la niebla para volver de nuevo,
acariciando el navío con su blanca ala,
cortejando, así, al objetivo. La Experiencia
la vigila, lleva el timón de su destino.
Antigua obra
La voz de triunfo que profirió Hector en ese tono tan beligerante fácilmente había podido confundirse con un grito de guerra. Hasta que no subió las escaleras con una carta en la mano y exclamó: «¡Viva el viejo soldado! Edie ha llegado y trae buenas noticias», no quedó claro que el motivo de su alboroto era de lo más halagüeño. Hizo entrega de la carta a Oldbuck, estrechó con gran entusiasmo la mano de sir Arthur y expresó sus mejores deseos a la señorita Wardour con la franqueza escocesa que le caracterizaba. El agente, que había ido incubando una especie de terror instintivo por el capitán MacIntyre, se acercó al preso sin quitar ojo a cada movimiento del joven.
—Tranquilo, mequetrefe, no voy a perder el tiempo con usted —dijo el soldado—; tome esta guinea como recompensa por los malos ratos que le he ocasionado; además, aquí tiene a un hombre venerable de cuarenta y dos años, un rival más apropiado para usted.
