El anticuario

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Otro tema delicado era la buena fama de la reina María[59], de la que sir Arthur era un defensor de lo más gallardo, mientras que Oldbuck la condenaba, a pesar de su belleza y su mala fortuna. Cuando por desgracia su conversación trataba sobre tiempos recientes, los motivos de discordia surgían en casi todas las páginas, de la historia. Oldbuck era por principio un presbiteriano acérrimo, miembro importante de su parroquia y amigo de los principios revolucionarios y de la sucesión protestante[60], mientras que sir Arthur era todo lo contrario. Sin duda estaban de acuerdo en el sumiso amor y lealtad al rey que en ese momento ocupaba el trono, pero ése era su único punto en común. Por eso surgían riñas frecuentes entre ellos en las que Oldbuck no siempre lograba reprimir su humor cáustico; en otras ocasiones, el baronet pensaba que el descendiente del impresor alemán, cuyos antepasados «habían buscado la amistad de los míseros burgueses», se dejaba llevar y en su discurso se tomaba libertades inadmisibles para el rango y antigua descendencia de su antagonista. Todo esto sumado al viejo conflicto de los caballos, la toma del castillo y la torre protagonizado por el padre del señor Oldbuck le venía de vez en cuando a la cabeza a sir Arthur y entonces sus mejillas y argumentos se encendían. Y, por último, cuando el señor Oldbuck pensaba que su valioso amigo y compañero era en algunos aspectos poco más que un tontorrón, se acercaba demasiado a transmitirle este desfavorable juicio, vulnerando las leyes modernas de educación. En tales casos, se separaban con gran indignación y con una especie de resolución de evitar la compañía mutua en el futuro.


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