El Monasterio
El Monasterio «¡Un sacerdote! —decís—. ¿Acaso puede un pastor cojo reunir el rebaño que se le desmanda? ¿Puede un perro que no ladra, arrebatarle de los dientes a un lobo furioso el cordero antes de que lo haya robado? El sacerdote está bien colocado cuando se encuentra ante una buena lumbre, mientras Filis le prepara la cena con sus manos».
(La reforma).
Desde la muerte de Gualterio, la salud de lady Avenel no era nada satisfactoria. Los cinco últimos años habían ocasionado en su organismo más estragos que los que suelen ocasionar cincuenta en cualquiera otra persona.
Aunque lady Avenel no padecía enfermedad determinada alguna, había perdido la flexibilidad de su talle, el color de sus mejillas, la robustez y la fuerza, y poco a poco la iba consumiendo la languidez; sus labios estaban descoloridos y su vista turbia.
Como, a pesar de su estado, no mostraba deseo alguno de ser visitada por un sacerdote, Elspeth de Glendinning, llevada de su celo religioso, creyóse obligada a hacer indicaciones en este sentido. Alicia la oyó con benevolencia y le dio las gracias.
—Si algún sacerdote —añadió— se toma la molestia de venir a verme, será bien recibido, pues las plegarias y los consejos de un hombre virtuoso son siempre saludables.
