El Monasterio

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CAPÍTULO VI

«… Limpiemos cuidadosamente la vida del Señor de toda mala hierba. Supongo que todos estamos de acuerdo, y que con ardor separaremos de la cizaña el grano bueno».

(La reforma).

En la iglesia del monasterio de Santa María los frailes habían terminado de rezar los oficios religiosos de la noche. El abad Bonifacio había dejado los magníficos ornamentos que vestía para esta ceremonia, substituyéndolos por su ordinario hábito negro sobre una sotana blanca, con un pequeño escapulario, indumentaria venerable que hacía resaltar más su porte majestuoso.

En tiempos normales nadie hubiera desempeñado más decorosamente el cargo de abad mitrado, que el reverendo padre Bonifacio, a pesar de que no carecía de defectos, pues era presuntuoso y tímido, timidez que no se armonizaba con sus exageradas pretensiones ni con la obediencia ciega que exigía de todos los que estaban bajo sus órdenes. Esto no obstante, era caritativo, de carácter pacífico y dulce, y cumplía celosamente los deberes de hospitalidad. En resumen: en otra época hubiera cumplido su misión tan bien como cualquiera de sus compañeros, que han vivido exentos de toda zozobra, y a quienes ninguna pérfida ambición turbaba su sueño.


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