El Monasterio
El Monasterio —La mula que el sacristán se llevó esta mañana ha vuelto sola al establo —dijo Bennet, que entró precipitadamente, poniendo término a las reflexiones del abad—. Está mojada como si acabara de salir del rÃo, y la silla está vuelta.
—¡Santa MarÃa! —exclamó el abate—. ¡Nuestro pobre hermano ha muerto!…
—¿Quién sabe? —intervino el padre Eustaquio—. Haced que toquen a rebato; que cada uno coja una antorcha y corramos todos hasta el rÃo; yo iré delante.
El abad estaba mudo de admiración al ver que el más joven de los frailes del convento usurpaba sus funciones, y dictaba las órdenes que a él le correspondÃa dar; pero antes de que estas fuesen ejecutadas, la súbita aparición del padre Felipe hizo comprender que era inútil que nadie se molestase.