El Monasterio
El Monasterio «Aprovechad bien el tiempo, que es el tesoro del sabio; solo el loco lo prodiga, y el demonio aprovecha las horas de desfallecimiento para tentar».
(Comedia antigua).
Cuando el austero y sabio padre Eustaquio atravesaba el pequeño valle, este estaba envuelto en una de esas densas nieblas que suele traer consigo el mes de noviembre.
La estación, el duelo nacional y la soledad de aquellos parajes inspiraban tristeza y melancolía. El río, en su majestuoso curso, murmuraba sordamente, como deplorando la fuga del otoño. Entre los árboles que crecían en sus orillas, el roble, recordando días más hermosos, permanecía verde, mientras el sauce no mostraba más que su tronco pelado, cuyas hojas eran juguete del viento.
Mientras caminaba, el buen fraile creyó ver más de una; esta impresión era solo momentánea, pues siempre que dirigía con atención la vista al sitio en que le había parecido divisarla, convencíase de que un objeto cualquiera, una roca o el tronco de un árbol, afectaba la forma del fantasma que en su imaginación surgía.
El fraile caminaba absorto en las sombrías reflexiones que sugieren de ordinario esos emblemas patentes de la fragilidad de las cosas humanas.
