El Monasterio
El Monasterio «Sí, soy yo, gracias a Dios, que no he sufrido un solo arañazo, y estoy tan sano como antes del atropello en que estuve a punto de sucumbir».
Decker.
Cuando el subprior entró en el refectorio, vio a Cristián de Clint-hill sentado cerca de la chimenea, encadenado y vigilado por cuatro vasallos de la abadía. En su rostro reflejábase la expresión feroz y sombría de los empedernidos en el crimen que comprenden les ha llegado la hora del castigo; pero, cuando el padre Eustaquio se acercó a él, experimentó una sorpresa salvaje.
—¡Es el diablo! —exclamó—. Es el diablo que trae de nuevo a los muertos entre los vivos.
—Di más bien —le respondió un fraile— que la Virgen Santísima protege a sus fieles servidores contra los malvados ¡Gracias a Dios, nuestro querido hermano está vivo!
—¡Vivo! —exclamó el bandido pretendiendo acercarse al subprior—. Si es verdad que vive, es que el refrán, «fiel como el acero», miente. Pero sí, no hay duda —agregó contemplándole lleno de asombro—. ¡No tiene ninguna herida, ni un solo rasguño; su hábito no está siquiera agujereado!
—¿Y quién iba a herirme? —preguntó el padre Eustaquio.
