El Monasterio

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—Hermano —le dijo—, tenéis juicio suficiente para haber notado que en repetidas ocasiones hemos sometido nuestra opinión a la vuestra, aun en los asuntos más interesantes para la comunidad; pero no deduzcáis de ello que nos consideramos el último de la comunidad en espíritu y en juicio. Al proceder de este modo, teníamos el propósito de inspirar a nuestros jóvenes hermanos el valor necesario para manifestar libremente su parecer y de animarles, y especialmente a nuestro muy amado hermano el subprior, a hablaros con toda franqueza y sinceridad. Acaso esta deferencia, esta humildad de nuestra parte, hayan contribuido a haceros concebir una idea demasiado elevada de vuestro talento y de vuestros conocimientos, y esta idea ha podido conduciros a ser el juguete del espíritu maligno, pues no ignoráis que el Cielo no nos estima más que en proporción de nuestra humildad. Quizá tenga yo también que reprocharme el haber abdicado de la dignidad del puesto en que la Providencia me ha colocado, dejándome dirigir con demasiada frecuencia por un inferior. Por este motivo, en adelante, querido hermano, debemos ambos evitar el incurrir en la misma falta, por lo que no podéis dar demasiada importancia a vuestros conocimientos temporales, ni yo abdicar de mi dignidad espiritual. Sin embargo, no es nuestra intención renunciar a vuestros sabios consejos; pero no los oiremos en lo sucesivo más que en conferencias particulares, en cuyo caso someteremos el resultado a la deliberación del cabildo. Por este medio, os veréis privado de esta apariencia de victoria, que es una tentación para el orgullo, y nos también evitaremos ese exceso de modestia que nos perjudica a los ojos de la comunidad.


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