El Monasterio
El Monasterio Entonces Alberto sintió renacer su terror. La necesidad le había dado la fuerza de combatirle y de vencerlo, pues en presencia del ser misterioso se consideraba protegido; pero tan pronto como reflexionó con sangre fría en lo que acababa de sucederle, un sudor glacial inundó su frente, y miró en torno suyo temiendo ver aparecer otra visión más terrible que la primera.
Durante algunos minutos, Alberto permaneció meditabundo. Le parecía que la ligera brisa que acababa de levantarse iba a traerle de nuevo a la Dama Blanca.
—¡Hablad! —exclamó extendiendo los brazos—. Mostraos, ¡grata visión! Os he visto ya dos veces, y, sin embargo, la idea de que podéis surgir de entre las sombras hace latir mi corazón más de prisa que si la tierra se abriera para dar paso a un demonio.
Nada, sin embargo, podía hacerle suponer que la Dama Blanca le escuchara o le oyera, pues lo que le rodeaba no tenía apariencia sobrenatural; miró en torno suyo y se dirigió a lo largo del barranco para volver al valle.
El ciego furor con que Alberto había corrido a través de las rocas para llegar a Corri-nan-shian contrastaba notablemente con la calma y la prudencia que empleó para regresar a su casa, escogiendo con mucho cuidado los mejores senderos, y evitando los caminos peligrosos, para poder reflexionar a sus anchas en la extraordinaria aventura de que acababa de ser actor y testigo.